martes, 2 de noviembre de 2010

Muertos preparados para su día

Todo está listo para festejar el Día de muertos. Los fallecidos en Ciudad Juárez, Nayarit, la colonia Morelos y Tepito son los invitados de honor.

Este dos de noviembre, contrario al 15 de septiembre o 20 de noviembre, sí tenemos mucho que festejar: ni más ni menos que a 30 mil muertos, aproximadamente, en lo que va del año.

Este Día de muertos es especial porque por lo menos 30 mil familias más se sumarán al festejo.

Y para rendirle tributo a los difuntos, la UNAM, en coordinación con escuelas e institutos de enseñanza exteriores, montan, como cada año, la Mega ofrenda en “las islas” de Ciudad Universitaria, del 28 de octubre al dos de noviembre.

Ahí, el coro de la Escuela Nacional de Trabajo Social, ENTS, ameniza con sus cánticos en náhuatl la llegada de los visitantes.

Gente de todos tamaños, formas y colores llega. Se escuchan voces que dicen “¡Mira qué bonito!” o “Esa ofrenda está muy chafa” o esta otra “No ma… me cae que está poca madre”.

Al igual que la gente, las ofrendas también son diferentes, aunque la mayoría tiene algo en común: calaveras de papel maché alusivos al bicentenario de la Independencia nacional.
Lo curioso es que las noticias sobre asesinados, decapitados, baleados, finados, etcétera, no están presentes. Sin embargo, también son muertos.


¡Fotos, fotos!

Al mero estilo del cantautor mexicano “Chava” Flores, “clic, clic, clic, el retrato ya salió…”, los transeúntes posan, hacen caras y sonríen para la foto y tratar de opacar a la multifacética Catrina.

Huele a muerte, a copal, a aserrín, a cempasúchil, humo de velas apagadas por el aire inesperado de una mañana fría. Inesperado como la muerte, no sabes a que hora llega.

Al fondo, casi al llegar al auditorio Alfonso Caso, un escenario con una banda con nombre alemán que interpreta una canción en alemán. A su lado y formando una gran hilera hay puestos de comida.

Pan de muerto, tamales, ponche y café resaltan en la vendimia y son consumidos por los visitantes como si fueran regalados, o sea, por montones.

Caminar por el sendero de la muerte no es nada sencillo, y hoy CU se ha puesto un buen disfraz, la Mega ofrenda.

Hay quienes dicen que la UNAM es como un México en chiquito y hoy se reafirma. Un espacio con la muerte como protagonista engalana “las islas” de CU. Y una gran mancha de sangre avergüenza a toda una nación. No es más que una analogía.

Galería Día de Muertos. Por Gerardo Suárez

Cuando llega el Día de Muertos, la Ciudad de México se convierte en un mosaico de ofrendas: Se preparan altares en mercados, casas de la cultura, universidades, plazas cívicas, centros comerciales y, por supuesto, en casi cualquier hogar.
Uno no puede escapar de este enigmático culto a la muerte, ya que se vuelve casi omnipresente. Por ello, en Los muertos van primero se ha preparado una galería fotográfica de esta celebración tan viva como en ningún otro país.

El mercado de La Merced, fundado en 1957 y considerado el más grande de Latinoamerica, es uno de los principales abastecedores de todo lo necesario para estas fechas:



En el sur de la ciudad, la Mega Ofrenda de Ciudad Universitaria fue dedicada al bicentenario del inicio de la lucha de Independencia, el centenario de la Revolución y también el centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México.
La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM destacó con varios altares de muertos en sus instalaciones.
También en la zona sur de la capital, concretamente en el centro de Coyoacán, se montaron varias ofrendas, de las cuales destacó el altar montado en el kiosko en memoria de los escritores Carlos Monsiváis, José Saramago, Carlos Montemayor, Edmundo Valadez, Alí Chumacero, Germán Dehesa y el caricaturista Gabriel Vargas, fallecidos este año.


viernes, 29 de octubre de 2010

Los muertos por: Adrián Ávila


“Un fantasma recorre las calles de México, el fantasma del capitalismo, cuyo poder amalgama la dicotomía de las costumbres” Leyó Chano al final del día en un pedazo de papel hallado en la calle tras descubrir que ya estaba muerto.
* * *
Con un chaleco de lana, camina con el cuerpo encorvado hacia el frente; el hombre pequeño pasa el lumbrical de su mano por la nariz y sorbe el aire con un gesto cual minino mientras atraviesa la entrada de un negocio localizado en la colonia San Felipe de Jesús de la delegación Gustavo A. Madero.
¡Zapatero! –vocifera alto para vencer el ruido de la maquina de coser, empleada por un sujeto de rostro sombrío que manipulaba un tenis hasta el momento de oír la voz, para él conocida, de Chano. Chano ¿cómo ha estado? –contesta y apaga la máquina.
La respuesta de Chano se aplaza por la intromisión de dos niños en el local. Me da mi calaverita –pronuncia el mayor con una máscara de rostro amorfo igual a la del menor–. Hoy no es el día –contesta, lacónico, Chano mirando la calabaza de plástico de uno de ellos brillar por la potencia del sol.
Sin la presencia de los niños el zapatero arguye mientras sostiene un periódico en las manos: No Chano ¿Cómo no va a ser día de muertos –y le tira el periódico sobre el mostrador donde se ve nítido el cadáver ensangrentado de una persona– aquí todos los días es día de muertos.
Chano, tácito, saca de su bolsa unas botellas de plástico y las extiende por encima del periódico. Ahí está lo que me pidió –comunica al zapatero– las botellas para su templo. Gracias Chano –contesta maravillado– con estas, vamos a juntar más para construir la iglesia de mi pueblo.
Acomodado ya en un taburete, Chano observa la avenida manchada por los automóviles. No hay lapso sin ver cruzar algo por ella. Al otro lado los niños de las máscaras de rostro amorfo reciben paletas de miel por parte del empleado de la farmacia.
Antes era diferente –comienza una perorata Chano– salíamos, no a pedir dinero o dulces para nosotros, sino fruta o algo para la ofrenda de nuestra casa. No decíamos –continúa mientras arranca pintura de la pared con su uña– me da mi calaverita, sino me da para mi muertito, lo hacíamos por ellos.
Sí –contesta el zapatero con una aguja en la boca y deja continuar a Chano–. Ni íbamos disfrazados, cómo pretender ser un muerto, no lo entiendo, extraño el olor al cempasúchil, ya ni ofrendas saben hacer, sólo ponen lo que creen, pero las flores tenían su simbolismo
¡Chano! –interrumpe el zapatero– traiga un refresco. Déme –responde Chano con el brazo extendido hacia su amigo–. El zapatero busca la de diez en su cajón de madera cuyo interior tintinea por el constante movimiento de monedas. Tome ya sabe de cual –indica el zapatero–.
Chano cruza la avenida, en la tienda naturista una araña se posa sobre el dintel de la entrada y unos niños regresan con sus padres de las escuelas con disfraces de varios personajes ficticios. En la tienda, Chano espera su turno, una señora dubitativa no recuerda el encargo de su hija.
Por impaciencia, Chano quiere ir a otra tienda, mas se detiene por una figura que cuelga sobre una pequeña ofrenda. Chano la mira ávido de curiosidad: Un Shiva rojo sostiene crucifijos cristianos en cada mano y su figura permanece encerrada en un círculo hecho de yenes.
Chano sonríe sardónico y su mirada inclinada lo lleva a ver la ofrenda tan profana como el amuleto: Calaveras de azúcar sobre papel crepe naranja y en el piso bajo, unas velas sobre un mantel morado y alrededor de ellas figuras de Mickey Mouse disfrazados como arquetipos del terror estadounidense.
¿Qué va a llevar Chano? –una voz ronca interrumpe la cavilación de Chano–. Un refresco –contesta bajo, como un susurro, Chano–. Del de siempre verdad –cuestiona la tendera–. Chano sólo asiente sin despegar la mirada de la ofrenda.
Tomé –dice Chano y coloca la botella sobre el periódico cuyas hojas se pegan por la humedad recibida del refresco frío. Gracias Chano –reza el zapatero– ¿no gusta un vaso? Pues a ver –responde Chano– Ya no se respeta nada caray.
El zapatero no escucha el denuesto de su amigo, pero Chano continúa: Ya no sabe uno dónde empiezan las cosas, ni cuando terminan. Mande –grita el zapatero–. Chano no lo oye, sin embargo, prosigue: Se han perdido las costumbres como tales.
Un día mi madre –cuenta Chano– me pegó en los dedos con la piedra del molcajete hasta dejarlos hinchados –se mira los dedos sorprendido, el motor del zapatero se detiene– por haber tomado un pan de la ofrenda, hoy a nadie parece importarle los muertos, como si no existieran, como si sólo se viviera.
Se oye un suspiro en la penumbra del local. A mí Chano –comienza el zapatero– mi papá me pegó por robar una fruta de la ofrenda, nos castigaban por hurtar la comida del muerto y hoy matan para conseguir la comida. Es un mundo raro –canta Chano la canción de José Alfredo Jiménez.
Nos es raro Chano –interrumpe el zapatero– porque ya no pertenecemos a este mundo, somos como ánimas errantes, somos unos muertos Chano y aún así debemos vivir Chano, muertos Chano. Chano mira un papel en el suelo y cierra los ojos.

martes, 19 de octubre de 2010

DESFILE DESDE “EL CABALLITO”

Las hermanas Corral Hernández aprovecharon el banco de su abuela para subir en él y apreciar el desfile del Bicentenario sin que los otros asistentes les obstruyeran la visibilidad. Sube una y más o menos a los diez minutos se relevan.

Al tener tan cerca a un mariachi que interpreta el Son de la Negra se contagian del “viva México” que gritan muchos al oír a los músicos. Es probablemente el momento más efusivo de la noche en esa zona del recorrido.

Las hermanas Carolina y Leticia, de 15 y 16 años, respectivamente, asistieron junto con sus padres, tía y abuela. Todos viven en Culiacán, Sinaloa, excepto la tía, quien será la anfitriona de la noche mexicana familiar. A las 5 de la tarde se ubicaron en la cuarta fila de personas que presenciaban la caravana a la altura de la Torre del Caballito.

Esperaron casi dos horas. El desfile inició a las seis de la tarde en la Puerta de los Leones del Bosque de Chapultepec y a las 6:55 llegaba al sitio donde también se halla el edificio de la Lotería Nacional.

El comienzo lo marcó un mar de nopales tricolores que arrastraba un enorme barco de papel con niños y jóvenes a bordo disfrazados de Miguel Hidalgo.

Es el segmento de la Independencia y quedaban ocho más: “Insurgencia-Revolución”, “Prehispánico”, “Colonia y Barroco”, “Héroes y mitos”, “La gran nación mexicana”, “Cultura popular” (son, mambo, cha cha chá, bolero, danzón y cumbia), “Suave patria” y “Celebración de muertos”.

Luego avanza el Coloso en pedazos: brazos, piernas, tronco y cabeza son remolcados en carros diferentes y son escoltados por marionetas de revolucionarios de 2.5 metros de altura controladas por personas. Más tarde, a las 10:22 pm, ese titán de dudosa personalidad que mide 20 metros, estaría de pie en el Zócalo.

El cielo se nubla, son las siete y media y la noche comienza. Con ello el desfile destaca sus luces multicolores.

Pero antes de que el ambiente se torne completamente oscuro, Kukulcán, la representación maya de Quetzalcoatl ahora convertida en un globo gigante, maravilla a los asistentes que levantan las cámaras para fotografiarlo. Su combinación de blanco y dorado lo hace ver luminoso sin necesidad de energía eléctrica.

Los carros de la “Colonia y el Barroco” se escapan por avenida Juárez, pero una multitud de los personajes de este segmento se desvía por Reforma Norte. Reviven el ánimo de los espectadores de la Torre del Caballito. Pasan las chinas poblanas y los charros, las escaramuzas y el mariachi que adelantó el “viva México” de la noche de independencia.

Era un lugar malo para admirar el desfile más grande de la historia del país, compuesto por 7 mil voluntarios y 27 carros alegóricos. En esa glorieta confluyen tres avenidas y el lugar de los Corral Hernández, sobre Reforma Norte, quedaba a unos de 15 metros de distancia de la procesión, la cual continuaba por Juárez rumbo al Zócalo.

Malo también porque ahí terminaba el desfile y los participantes llegaban con el entusiasmo disminuido; pero bueno porque algunos carros e integrantes del acto desembocaban en Reforma Norte y podían apreciarse muy de cerca, como en el caso del Mariachi, o los vendedores de camotes con sus carritos. Ellos se llevaron la noche.

Los visitantes de Sinaloa se retiran a las 8 de la noche aproximadamente. Ya vieron los luminosos carros de danzón, cumbia y mambo. Se emocionaron con el torito de fuegos artificiales y los alebrijes.

Tanto Rogelio Corral Hernández como Leticia Hernández Soto, padres de Carolina y Leticia, destacaron el interés de los participantes: “Me gustó (el desfile) porque vienen incluidos todos los estados y eso integra a la gente de provincia”, comenta la señora Leticia.

Y es que en el desfile se apreciaron trajes típicos y danzas del interior del país.

El lugar que deja esta familia es retomado por otra que apenas llega. Se trata de Antonio Meza Bracamontes, su hijo Alán de 5 años y su esposa, procedentes de Iztapalapa. Acostumbran ir al Grito de independencia en el Primer cuadro de la Ciudad, quieren ir allá al término del desfile, pero no saben que ya no hay acceso.

El desfile termina con el segmento de Día de Muertos. Incluye marionetas de calacas que acercan sus manos al público para saludarlo. Pero el final de este acto sólo es el preámbulo de la noche del Bicentenario, que para algunos como Antonio no significa mucho pues “todo sigue igual”.

lunes, 18 de octubre de 2010

BRUGADA DONA 34 MIL PESOS DE SU SALARIO A PROYECTOS COMUNITARIOS

Tras la declaración de Clara Brugada: “Inaceptable que la titular de la delegación mantenga un salario oneroso”, la Delegada de Iztapalapa otorgó 34 mil pesos, de su ganancia de 76 mil mensuales, para financiar 12 proyectos comunitarios propuestos por mujeres.

La reducción del sueldo, que pretende mejorar la calidad de vida en una de las delegaciones más pobres, fue seguida por el equipo de gobernación y directores territoriales.

Por medio del programa Entrega de Recursos del Salario Austero, Brugada otorgó 200 mil pesos a los diferentes proyectos, que se consideren, impulsen el desarrollo de Iztapalapa.

Rocío Mejía Flores, encargada de la selección de programas, añadió que estos debían contener un impacto social, coherencia, movilidad, creatividad, sustentabilidad, equidad de género y fortalecimiento del tejido social; para ser aceptados con la ayuda económica.

Los 12 proyectos financiados son: Invernadero Productivo con un cheque por 19 mil pesos, El arte de vivir sana con 15 mil pesos, Deporte y salud para las mujeres de San Marcos con 20 mil; Mujeres emprendedoras, realización de zapatos, con 19 mil.

Cine comunitario en Valle de san Lorenzo con 20 mil pesos, Taller de reciclado: Manos mágicas, con 15 mil, Restauración de Libro Club con 18 mil, Taller de encuadernación 10 mil, Alimentación nutritiva con 12 mil; Tortillería con 15 mil y Derechos de mujeres con 18 mil pesos.

Estamos listas, considerado como uno de los proyectos más fuertes, pretende terminar con el “analfabetismo político” de la mujer y hacer a un lado la frase “mi marido no me deja”.

Gabriela Medina, representante del programa, comentó que los 19 mil pesos servirán para la compra de equipo audiovisual, que se necesitan para las reuniones y difusión del proyecto.

Agregó que esta donación “es una forma de manejar mejor los recursos, que son nuestros impuestos”.



Por: Karina Avilés

¿Doscientos años para esto?

por:Adrián A. P.

A vísperas del 15 de septiembre te llaman. “Mañana tenemos que ir al doctor –escuchas al otro lado del auricular– te levantas temprano, como es día festivo, seguro habrá mucho tráfico”. Aseguras estar listo a las 11 para llegar con el doctor a la una y suspiras con resignación por las vicisitudes vaticinadas por tu madre. Duermes.
La alarma interrumpe tu sueño. Te bañas, vistes, comes y lavas los dientes en 15 minutos porque es el tiempo justo y, sin embargo, al terminar tus faenas matutinas te das cuenta de algo: Son las 11:20 y tu mamá no llegará hasta las 12.
Observas que lleva una pantalón de mezclilla, una blusa y un collar rojo para combinar un poco los colores de la bandera, cuestionas tu patriotismo pues tu vestimenta parece típica del movimiento grunge de mediados de los años noventa.
Mientras salen de tu calle en el viejo Derby te preguntas “Cómo llegaremos a tiempo al doctor” Y es lógico pensarlo si vives al norte de la ciudad, en la Gustavo A. Madero y vas hasta la avenida México Coyoacán al sur del Distrito en día festivo, y no cualquiera, sino el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución.
Por la avenida Loreto Fabela se ven las casas atestadas de banderas y el tricolor patrio. En cada semáforo se acercan a venderte bigotes falsos, crayones para piel y otros artículos que los mercaderes te ofrecen con la promesa de obtener un patriotismo inmediato. Las nubes abren y colocas tus gafas oscuras para evitar el daño ocular.
Hileras de camellones hasta la Avenida Oceanía, pasas debajo del metro de la línea B y buscas en el Guía Roji como salir al Eje 5 para llegar lo más rápido posible. Pero no hay tráfico ni problemas viales salvo aquellos tramos donde las construcciones en honor al bicentenario siguen su curso como si faltaran meses para la celebración.
No ves en las lejanías nada sorprendente, parece cualquier 15 de septiembre, quizá toda la propaganda te había generado expectativas superiores a las que prometían los comerciales.
Apagas la radio, ya estás harto de escuchar programas sobre la historia de la revolución y la independencia, de la estación de radio utilizando su frecuencia para transmitir grupos nacionales desde La maldita vecindad hasta remixes de canciones de José Alfredo Jiménez. Fastidiado, pones un cassette en el reproductor.
Miras en lo alto de unas plataformas, los anuncios de tiendas comerciales, los locales en pleno funcionamiento, las paredes atestadas de graffitis ilegibles y la basura manipulada por las ráfagas del viento que fustigan los automóviles. Tarareas la canción de los Pet Shop Boys y te interrumpe tu madre diciendo: ¿Dónde estamos?
Miras una placa blanca sobresaliendo de un poste de luz: IZTACALCO. En un laberíntico intento, terminas por dar en el Eje 5. El nerviosismo te había impedido ver tu reloj. Te sorprendes: 12:40 y más cuando tu madre dice “estamos cerca”. Un niño se acerca a la ventana a pedirte la lata de tu refresco para su costal.
Llegas hasta la avenida México coyoacán, con diez minutos de sobra. Te apeas del vehículo y, como cualquier día, haber encontrado lugar fue un acto casi milagroso. Dos personas caminan a la par tuya, al otro lado de la acera.
¿Ya fuiste a ver las luces del centro? –pregunta le hombre de paso renco–. Ya –lacónica, contesta la jovencita de falda rosa–. ¿Ya viste reforma, toda la ciudad, cómo la adornaron? –insiste el anciano–. Sí, muy poca cosa, en verdad cuando lo vi sólo pude pensar ¿doscientos años para esto? –contestó la mujer con un gesto de hastío.
Al llegar al consultorio ves a un niño, con la playera de la selección, en espera de su tratamiento para la depresión. Miras su mirada apenada. Recuerdas al niño que te pidió la lata y al para de la conversación sobre el adornado de la ciudad y tú también piensas ¿Doscientos años para esto?

Celebrando 50 años con una linterna mágica

Por Escutia López Nathalie
Con motivo del 50 aniversario de la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) la American Magic- Lantern Theatre (AMTL) se presentó en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario.

La presentación, consistente de una proyección de diapositivas mediante un artefacto similar a los que usaban a finales del siglo XIX, logró reunir docenas de espectadores, en un evento que se presentó por primera vez en nuestro país.

Durante poco más de una hora, el público tuvo la oportunidad de presenciar las pequeñas historias que datan de 1850 y 1915, aunque se presume que el material fue visto por millones de personas incluso en una época anterior a la existencia del cine, entre 1881-1896.

La AMLT fue creada en 1992 por Terry Bor­ton con el fin de recrear los espectáculos profesionales de linterna mágica del periodo victoriano. Cuenta con programas diferentes en su repertorio y suele presentarse en teatros, museos, festivales de cine e instituciones edu­cativas.

Para estas funciones, se utilizó una linterna mágica de 1890, manufacturada por la Ross Co. de Londres. Gran parte de las diapositivas presentadas forman parte de la obra de Joseph Bogas Beale, artista que llegó a contar más de 2 mil imágenes en su haber.
Realizar la obra implicaba fotografiar sus pinturas originales, reducirlas e imprimirlas en una en una emulsión de vidrio que más adelante se coloreaba a mano. De este modo podían producirse miles de copias de los originales.

En ellas, se quedaron muchas historias populares, cuentos, canciones. De entre las historias que se presentaron, encontramos Mi amor es como una roja, roja rosa de Robert Burns, donde la animación tiene lugar gracias al deslizamiento de las placas de vidrio.

Muchos años después, la compañía de la “Linterna mágica”, hizo de las imágenes un evento sin precedentes. En las placas no sólo se observa uno de los orígenes del movimiento en pantalla, sino también varias técnicas que al día de hoy se siguen empleando en la industria del cine.

En El Cuervo de Joseph Bogas Beale, a partir del poema homónimo de Edgar Allan Poe, es con los cambios de ángulo de la cámara y diferencias de enfoque que se logra un efecto dramático. Por último, Fantasmagoría, es la representación de un famoso espectáculo de horror de finales del sigo XVIII, en las imágenes encontramos las primeras tomas con zoom y disolvencias.

Para completar la exhibición, también se presentaron en la sala Nancy Stewart, pianista y soprano; Valerie Nicolosi, mezzosoprano y pianista; y Juan Ignacio Aranda como actor invitado.

Francisco Gaytán, subdirector de Restauración de la Filmoteca, expresó acerca de la AMLT: “La linterna mágica es un espectáculo que tiene más de dieciocho años deleitando a públicos de todo el mundo. Estamos muy orgullosos de poder presentar un espectáculo que celebra no sólo nuestra Filmoteca, sino al cine por sí mismo”.