lunes, 18 de octubre de 2010

¿Doscientos años para esto?

Posted on 21:11 by Unknown

por:Adrián A. P.

A vísperas del 15 de septiembre te llaman. “Mañana tenemos que ir al doctor –escuchas al otro lado del auricular– te levantas temprano, como es día festivo, seguro habrá mucho tráfico”. Aseguras estar listo a las 11 para llegar con el doctor a la una y suspiras con resignación por las vicisitudes vaticinadas por tu madre. Duermes.
La alarma interrumpe tu sueño. Te bañas, vistes, comes y lavas los dientes en 15 minutos porque es el tiempo justo y, sin embargo, al terminar tus faenas matutinas te das cuenta de algo: Son las 11:20 y tu mamá no llegará hasta las 12.
Observas que lleva una pantalón de mezclilla, una blusa y un collar rojo para combinar un poco los colores de la bandera, cuestionas tu patriotismo pues tu vestimenta parece típica del movimiento grunge de mediados de los años noventa.
Mientras salen de tu calle en el viejo Derby te preguntas “Cómo llegaremos a tiempo al doctor” Y es lógico pensarlo si vives al norte de la ciudad, en la Gustavo A. Madero y vas hasta la avenida México Coyoacán al sur del Distrito en día festivo, y no cualquiera, sino el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución.
Por la avenida Loreto Fabela se ven las casas atestadas de banderas y el tricolor patrio. En cada semáforo se acercan a venderte bigotes falsos, crayones para piel y otros artículos que los mercaderes te ofrecen con la promesa de obtener un patriotismo inmediato. Las nubes abren y colocas tus gafas oscuras para evitar el daño ocular.
Hileras de camellones hasta la Avenida Oceanía, pasas debajo del metro de la línea B y buscas en el Guía Roji como salir al Eje 5 para llegar lo más rápido posible. Pero no hay tráfico ni problemas viales salvo aquellos tramos donde las construcciones en honor al bicentenario siguen su curso como si faltaran meses para la celebración.
No ves en las lejanías nada sorprendente, parece cualquier 15 de septiembre, quizá toda la propaganda te había generado expectativas superiores a las que prometían los comerciales.
Apagas la radio, ya estás harto de escuchar programas sobre la historia de la revolución y la independencia, de la estación de radio utilizando su frecuencia para transmitir grupos nacionales desde La maldita vecindad hasta remixes de canciones de José Alfredo Jiménez. Fastidiado, pones un cassette en el reproductor.
Miras en lo alto de unas plataformas, los anuncios de tiendas comerciales, los locales en pleno funcionamiento, las paredes atestadas de graffitis ilegibles y la basura manipulada por las ráfagas del viento que fustigan los automóviles. Tarareas la canción de los Pet Shop Boys y te interrumpe tu madre diciendo: ¿Dónde estamos?
Miras una placa blanca sobresaliendo de un poste de luz: IZTACALCO. En un laberíntico intento, terminas por dar en el Eje 5. El nerviosismo te había impedido ver tu reloj. Te sorprendes: 12:40 y más cuando tu madre dice “estamos cerca”. Un niño se acerca a la ventana a pedirte la lata de tu refresco para su costal.
Llegas hasta la avenida México coyoacán, con diez minutos de sobra. Te apeas del vehículo y, como cualquier día, haber encontrado lugar fue un acto casi milagroso. Dos personas caminan a la par tuya, al otro lado de la acera.
¿Ya fuiste a ver las luces del centro? –pregunta le hombre de paso renco–. Ya –lacónica, contesta la jovencita de falda rosa–. ¿Ya viste reforma, toda la ciudad, cómo la adornaron? –insiste el anciano–. Sí, muy poca cosa, en verdad cuando lo vi sólo pude pensar ¿doscientos años para esto? –contestó la mujer con un gesto de hastío.
Al llegar al consultorio ves a un niño, con la playera de la selección, en espera de su tratamiento para la depresión. Miras su mirada apenada. Recuerdas al niño que te pidió la lata y al para de la conversación sobre el adornado de la ciudad y tú también piensas ¿Doscientos años para esto?

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