viernes, 29 de octubre de 2010

Los muertos por: Adrián Ávila

Posted on 1:27 by Unknown


“Un fantasma recorre las calles de México, el fantasma del capitalismo, cuyo poder amalgama la dicotomía de las costumbres” Leyó Chano al final del día en un pedazo de papel hallado en la calle tras descubrir que ya estaba muerto.
* * *
Con un chaleco de lana, camina con el cuerpo encorvado hacia el frente; el hombre pequeño pasa el lumbrical de su mano por la nariz y sorbe el aire con un gesto cual minino mientras atraviesa la entrada de un negocio localizado en la colonia San Felipe de Jesús de la delegación Gustavo A. Madero.
¡Zapatero! –vocifera alto para vencer el ruido de la maquina de coser, empleada por un sujeto de rostro sombrío que manipulaba un tenis hasta el momento de oír la voz, para él conocida, de Chano. Chano ¿cómo ha estado? –contesta y apaga la máquina.
La respuesta de Chano se aplaza por la intromisión de dos niños en el local. Me da mi calaverita –pronuncia el mayor con una máscara de rostro amorfo igual a la del menor–. Hoy no es el día –contesta, lacónico, Chano mirando la calabaza de plástico de uno de ellos brillar por la potencia del sol.
Sin la presencia de los niños el zapatero arguye mientras sostiene un periódico en las manos: No Chano ¿Cómo no va a ser día de muertos –y le tira el periódico sobre el mostrador donde se ve nítido el cadáver ensangrentado de una persona– aquí todos los días es día de muertos.
Chano, tácito, saca de su bolsa unas botellas de plástico y las extiende por encima del periódico. Ahí está lo que me pidió –comunica al zapatero– las botellas para su templo. Gracias Chano –contesta maravillado– con estas, vamos a juntar más para construir la iglesia de mi pueblo.
Acomodado ya en un taburete, Chano observa la avenida manchada por los automóviles. No hay lapso sin ver cruzar algo por ella. Al otro lado los niños de las máscaras de rostro amorfo reciben paletas de miel por parte del empleado de la farmacia.
Antes era diferente –comienza una perorata Chano– salíamos, no a pedir dinero o dulces para nosotros, sino fruta o algo para la ofrenda de nuestra casa. No decíamos –continúa mientras arranca pintura de la pared con su uña– me da mi calaverita, sino me da para mi muertito, lo hacíamos por ellos.
Sí –contesta el zapatero con una aguja en la boca y deja continuar a Chano–. Ni íbamos disfrazados, cómo pretender ser un muerto, no lo entiendo, extraño el olor al cempasúchil, ya ni ofrendas saben hacer, sólo ponen lo que creen, pero las flores tenían su simbolismo
¡Chano! –interrumpe el zapatero– traiga un refresco. Déme –responde Chano con el brazo extendido hacia su amigo–. El zapatero busca la de diez en su cajón de madera cuyo interior tintinea por el constante movimiento de monedas. Tome ya sabe de cual –indica el zapatero–.
Chano cruza la avenida, en la tienda naturista una araña se posa sobre el dintel de la entrada y unos niños regresan con sus padres de las escuelas con disfraces de varios personajes ficticios. En la tienda, Chano espera su turno, una señora dubitativa no recuerda el encargo de su hija.
Por impaciencia, Chano quiere ir a otra tienda, mas se detiene por una figura que cuelga sobre una pequeña ofrenda. Chano la mira ávido de curiosidad: Un Shiva rojo sostiene crucifijos cristianos en cada mano y su figura permanece encerrada en un círculo hecho de yenes.
Chano sonríe sardónico y su mirada inclinada lo lleva a ver la ofrenda tan profana como el amuleto: Calaveras de azúcar sobre papel crepe naranja y en el piso bajo, unas velas sobre un mantel morado y alrededor de ellas figuras de Mickey Mouse disfrazados como arquetipos del terror estadounidense.
¿Qué va a llevar Chano? –una voz ronca interrumpe la cavilación de Chano–. Un refresco –contesta bajo, como un susurro, Chano–. Del de siempre verdad –cuestiona la tendera–. Chano sólo asiente sin despegar la mirada de la ofrenda.
Tomé –dice Chano y coloca la botella sobre el periódico cuyas hojas se pegan por la humedad recibida del refresco frío. Gracias Chano –reza el zapatero– ¿no gusta un vaso? Pues a ver –responde Chano– Ya no se respeta nada caray.
El zapatero no escucha el denuesto de su amigo, pero Chano continúa: Ya no sabe uno dónde empiezan las cosas, ni cuando terminan. Mande –grita el zapatero–. Chano no lo oye, sin embargo, prosigue: Se han perdido las costumbres como tales.
Un día mi madre –cuenta Chano– me pegó en los dedos con la piedra del molcajete hasta dejarlos hinchados –se mira los dedos sorprendido, el motor del zapatero se detiene– por haber tomado un pan de la ofrenda, hoy a nadie parece importarle los muertos, como si no existieran, como si sólo se viviera.
Se oye un suspiro en la penumbra del local. A mí Chano –comienza el zapatero– mi papá me pegó por robar una fruta de la ofrenda, nos castigaban por hurtar la comida del muerto y hoy matan para conseguir la comida. Es un mundo raro –canta Chano la canción de José Alfredo Jiménez.
Nos es raro Chano –interrumpe el zapatero– porque ya no pertenecemos a este mundo, somos como ánimas errantes, somos unos muertos Chano y aún así debemos vivir Chano, muertos Chano. Chano mira un papel en el suelo y cierra los ojos.

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