lunes, 18 de octubre de 2010
Desfile Militar
Posted on 20:33 by Dr. McBrain
Desfile Militar
Tu oreja derecha está semi muerta. Sí. Ya no escuchas bien, tan solo eres conciente de una joven que grita sin parar, y que provoca en ti unas enormes ganas de voltear y gritarle que se calle. “Amor”, “Guapo”, “Que sexy te ves”, “Al rato te alcanzo”, “Te amo” son las frases que salen una y otra vez de su boca. Y piensas: Por favor, que alguien la golpee para que guarde silencio. Pero ¿cómo llegaste hasta ahí?
Caminas de un lado a otro, mientras tratas de esquivar a las personas que corren eufóricas para ganar un lugar frente al espectáculo. Ocho treinta, y en Paseo de la Reforma los pequeños gritan en las calles, buscan que sus padres les regalen dos pesos para decorar su rostro con los colores patrios, y tú tan solo quieres ver el desfile y regresar a casa.
“Apúrate y quita esa cara de pocos amigos, pareciera que no quieres estar aquí”, te dice tu prima con cara de fastidio. No sabes si ella también está enojada, pero optas por alcanzarla y evitar alguna escena desagradable. En el aire el olor a cerveza aumenta conforme avanza el tiempo, y tú ni siquiera has desayunado.
Permaneces en calma, observas a la gente a tu alrededor, sonriente y con ánimos de gritar: “Viva México”, cada que la oportunidad se presenta. Los policías vestidos de negro se pasean por la calle, pendientes de la seguridad. Se acercan a hablar con las familias, les explican que no podrán pasar la primera valla hasta que den las diez treinta de la mañana.
Como puedes y sin mucho ánimo te recargas en una de las rejas frente a ti y comienzas a desayunar una torta de jamón y queso. No ha señal de soldados o banderas. Das por hecho que el desfile iniciará después de la hora acordada, pones tu mejor cara y tratas de disfrutar el momento familiar.
“Mamá quiero ir al baño”, “cómprame un chocolate”, “quiero un globo…”, son frases que escuchas una y otra vez. Los niños disfrutan de pedir cuanta cosa ven a la venta. Aprovechan que los vendedores ambulantes se pasean más de diez veces frente a ellos, mostrándoles los diversos productos que traen consigo, desde dulces hasta pelotas y globos.
Una estampida humana te empuja de un lado, alejándote de tu familia. Miras de reojo a todos lados y caes en cuenta que los guardianes de la ley han abierto los barandales para que la gente se acerque a la última valla. Te levantas entre enojada y sonriente. Es lo más emocionante que te ha sucedido hasta ahora.
Recorres un largo trecho hasta encontrar a tus conocidos, quienes te reciben con un regaño: “¿Por qué no corriste? Otro poco y te dejamos sin lugar”. Buscas un lugar cómodo para esperar el inicio del desfile militar del dieciséis de septiembre. La gente tras de ti se acumula como la espuma, te giras y observas casi ocho filas hacia atrás. Eliminas la idea de ir a comprar agua.
Tras de ti, una señora enciende su televisor y coloca el discurso de Calderón en vivo para que su familia pueda escucharlo. “¿Por qué no apaga su chingadera? Ya me tiene aturdido con el escándalo” cuchichean a propósito para terminar con la tortura. A ti te altera los nervios. El volumen es demasiado alto y no eres capaz de descifrar las palabras del presidente de la república.
Miras el reloj. Pasan de las once treinta de la mañana. El día avanza demasiado lento, y te desesperas al recordar que el desfile debió comenzar hace más de una hora. Calderón continúa hablando hasta que la pila del televisor muere. Das gracias a Tláloc por ello, y te resignas a seguir esperando.
Tu familia comienza con las apuestas: “¿A qué hora creen que pase el desfile, doce treinta o una y media?”, sin ánimo de discutir optas por la primera opción. Te sientas en el suelo, el aburrimiento te consume cada vez más rápido hasta que por fin tu madre grita emocionada “!ahí vienen, ahí vienen, puedo ver una bandera!”.
Lo militares con su recto porte desfilan uno a uno frente a ti, demostrando que en México sí existe el ejército. El color verde satura las calles, con los cascos y uniformes militares que bien podrías afirmar no han sido utilizados nunca. Los gritos de felicidad por parte de los infantes amenazan con dejarte sordo, sin embargo no importa porque, son sólo pequeñines.
Las escoltas extranjeras hacen aparición, robando la atención de los presentes, quienes asombrados toman fotografías y arrojan serpentinas hacia ellos. “!Que poca madre! Ya no hay respeto” grita una señora al percatarse del hecho, mientras tratas de tranquilizar tus risas para evitar que termine insultándote también.
Huevos llenos de confeti son lanzados por encima de tu cabeza hasta chocar contra los soldados que impasibles marchan al compás de alguna canción de su regimiento. El sudor y el extenuante calor hacen mella en tu persona. Desearías haber comprado una botella de agua antes de correr a buscar un buen lugar.
“Arriba las mujeres”, comienzan a gritar de forma continua las señoras entre el público, pues las adelitas hacen aparición: cargando escopetas y fusiles. Y después las enfermeras, vistiendo un pulcro atuendo blanco, recorren la avenida. Algunas sonríen ante los mensajes de aliento y otras te saludan y dan la mano cuando acercas la tuya para animarlas.
El armamento acuático y todo terreno avanzan de forma lenta frente a tus incrédulos ojos. Jamás pensaste que en México existieran ese tipo de armas. Con sarcasmo comentas: “Eso lo mandaron a hacer específicamente para hoy”. Ni un rasguño, ni un rayón. El armamento parece recién salido de fábrica.
Los niños a tu alrededor tratan con entusiasmo de captar la atención de los oficiales. Algunos tienen éxito, otros tan sólo permanecen con la manita extendida y una expresión de tristeza. No puedes evitar esbozar una sonrisa. Recuerdas tu época infantil y piensas en las mil y un cosas que estabas dispuesta a hacer por tocar a los hombres que protegen al país.
El desfile está a punto de terminar, pero aguantas ni un minuto más en aquel sitio. Ahora tienes una secuela en tu oído derecho, no eres capaz de reconocer sonidos, y te limitas a contestar “¿Qué?, ¿Qué?” a cualquier cosa que tu familia te dice. En tu mente permanece la imagen de la jovencita gritando piropos a cuanto hombre pasa delante suyo.
Usas la poca paciencia que te queda y te abres paso entre la gente hasta salir del tumulto, no sin antes darle un codazo a la chica que te ha dejado sorda. Te disculpas de forma hipócrita y te mueves hasta llegar al otro extremo de la calle. La policía montada es la última en desfilar y tú te sientes extenuada y con hambre.
No supiste en qué momento dieron las dos de la tarde. Tus conocidos se acercan hasta ti y te sonríen “Estuvo lindo ¿verdad?”. Sí, Lo estuvo. No importa que casi pierdes el sentido del oído, ni siquiera que te desmarañaron, ni los empujones. Hacía mucho tiempo que no pasabas un momento así con tu madre. Te alegras de haber sufrido esas penurias, porque al final sólo se festeja el Bicentenario de la Independencia una vez.
Por: Lizbeth Alcibar
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No Response to "Desfile Militar"
Leave A Reply